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CRITICAS
A LA REGIONALIZACION
Orlando
Fals Borda
En estos
días, un distinguido grupo de exministros, exconstituyentes,
exsenadores y exdirectores de planeación ha hecho público
un estudio sobre el sempiterno problema territorial nacional,
para objetar la propuesta de adelantar la tarea constitucional
de organizar regiones, provincias, etis y otras entidades
distintas de los departamentos. Los críticos han llegado
al extremo de ver posible una guerra regional si tales proyectos
se llevan a cabo, y sostienen que es preferible seguir con
los departamentos actuales y reforzarlos, antes de proceder
a regionalizar. El profesor Fals preparó las siguientes
notas como parte de su intervención en el lanzamiento
de su Historia Doble de la Costa, con el auspicio de la Universidad
Nacional, el viernes 30 en la Facultad de Ciencias Humanas,
en vista de que dicha obra se considera ilustrativa de la
necesidad de las regiones en Colombia, en este caso, la Región
Caribe, pionera en el proceso de regionalización.
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No creo
conveniente retrotraer esta polémica a lo ocurrido
en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Mi invitación
es otra. Llevamos once años discutiendo normas territoriales
en el Congreso y en foros, sin resultados visibles. Creo que
es preferible observar lo que ha venido ocurriendo en la práctica
y descubrir lo que, de hecho, se ha avanzado aún sin
ley orgánica. De manera sorprendente y con la creatividad
popular, las regiones y provincias se han venido construyendo
en nuestro país, contra viento y marea.
Lo más
significativo es la iniciativa de los seis departamentos del
suroccidente cuyos gobernadores y organizaciones sociales
decidieron construir allí una Región Administrativa
y de Planificación (RAP) como instrumento para avanzar
hacia la forma de organización regional autónoma.
No les ha ido mal: sus equipos de planificación, asesorados
por entidades comprometidas con este proceso, como la Fundación
FESCOL, la Sociedad Geográfica de Colombia y el Instituto
de Estudios Políticos de la Universidad Nacional, han
coordinado y están trabajando en proyectos comunes
en materia ambiental y desarrollo social. Han realizado tres
asambleas regionales. El 20 de julio de 2001 convocaron en
Ibagué al Primer Encuentro de las Provincias y Regiones
de Colombia para proponer su propuesta de refundación
de Colombia como República Regional Unitaria, y el
Tolima avanza un proceso de un año para realizar su
Segunda Constituyente que garantice la más amplia participación
y acción popular.
Los
seis gobernadores han asumido con mucha dignidad la vocería
y defensa de sus pueblos, dentro y fuera del país.
De ninguna manera estos actos de buen gobierno aceleraron
o empeoraron la guerra heredada, ni han llevado a ninguna
balcanización, por el contrario, han abierto una rendija
a la paz en los bloqueados intentos desde "el Virreinato
de Bogotá" (como dice el Gobernador Guillermo
Alfonso Jaramillo) de impedir diálogos regionales como
pasos hacia la reconstrucción institucional.
En forma
similar, los indígenas han procedido a organizar las
entidades territoriales (Etis) a que tienen derecho por la
Constitución, acción que ha llenado el vacío
de poder creado por renuncias de burgomaestres. Las comunidades
afrocolombianas y las reservas campesinas igualmente se han
establecido; si no fuera por ellas, el desastre departamental
y la tragedia de los desplazados serían peores. Son
ejemplos que ilustran formas alternas de gobierno en unidades
territoriales que responden a necesidades y realidades políticas,
geográficas, económicas y culturales locales,
sin contar con los departamentos. Así han contribuido
a la paz nacional y regional: con la práctica, construyendo
otra institucionalidad inspirada en su identidad ancestral
y en la autonomía territorial.
En trágico
contraste con lo ya descrito, en la Costa Atlántica
los gobernadores frenaron por simple dejadismo la primera
marcha de la Región Caribe, y malograron la herencia
del CORPES, abriendo las compuertas a la guerra. Los desgobiernos
departamentales fueron incapaces de detener la violencia que
llegaba de las cordilleras, y dejaron sueltos inmensos territorios
internos. Allí se agotó la fórmula departamental
y están surgiendo nuevas entidades, como las cobijadas
por un ente hoy en el limbo jurídico que se llama Magdalena
Medio. Es un desarrollo territorial práctico que exige
ajustes en todos los departamentos que frentean al gran río.
Por otros
lados, existen las provincias históricas de departamentos
andinos que solos o combinados y sin cambiar de nombre pueden
dar origen a RAP y ser mejor gobernados. Lo de los gentilicios
es lo de menos. Nadie, ni los sociólogos, cree que
con un ajuste de los espacios vayan a desaparecer términos
como paisa, opita o vallenato. Las lealtades e identidades
se reconstruyen y varían con el paso del tiempo, como
lo hemos visto en todos los casos anteriores de creación
de departamentos desde 1904. Son de interés los trabajos
pertinentes de la zona cafetera y Antioquia donde están
previendo la regionalización con descentralización
administrativa, para hacer frente a los retos de la globalización.
No veo amenazante esta resurrección del viejo federalismo
paisa, que quizás sea uno de los temores del grupo
que vengo glosando.
Concluyo,
por lo tanto, que este distinguido grupo se equivoca al sostener
a ultranza, y con desesperación y sofismas, a los actuales
departamentos. La experiencia práctica de estos años
enseña que las disposiciones constitucionales sobre
el territorio no llevan al desbarajuste del país, que
no hay motivos aceptables para pensar que originen ninguna
guerra regional.
Sospecho
que esta desenfocada resistencia a las regiones y provincias
se deba a la inercia de intereses creados que no son defendibles,
en especial por los asfixiantes problemas derivados de la
centralización del poder con todas sus tentaciones
de corrupción, por el desastre de los departamentos
periféricos que imitaron a los andinos en mala hora,
y por el lastre costoso e ineficiente de asambleas de diputados
que ante todo sirven como aparato electorero. Éstos
sí son los verdaderos embelecos del momento, elefantes
blancos del sistema dominante.
Debo
aclarar, con justicia, que los críticos hicieron en
su escrito, por primera vez, concesiones a la regionalización
en el campo cultural y en los ajustes de límites de
departamentos y municipios, lo cual es un paso adelante. Invito
por ello a los colegas del grupo pro-departamentos a que sigan
mirando el ordenamiento territorial más allá
de la formalidad administrativa que enfocan. La experiencia
es negativa en relación con los departamentos, que
ya demostraron que no son viables. No han logrado asirse de
los sucesivos salvavidas que los políticos les han
lanzado desde el Congreso Nacional. En cambio, la esperanza
es grande en relación con las otras modalidades de
administración local que hacen mejor uso de nuestro
espacio interior y de sus recursos.
Esta
es la semilla del nuevo país y de la nueva República
reconstruida en paz y prosperidad que muchos queremos: la
del retorno a la tierra. Démosle, pues, la oportunidad
a la esperanza.
Ciudad Universitaria, Bogotá, 30 de agosto del 2002
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